Tres maneras de romper la realidad en pedazos

Lunes, 26 de enero de 2009

Un . Imaginemos que la es un puzzle, y que cada información que recibimos es una pieza distinta: a medida que el número de piezas aumenta, será mucho más complicado para nosotros componer la imagen definitiva del puzzle (suponiendo que exista).

Millones de piezas. Hoy la información aumenta segundo a segundo, y lo hace de forma exponencial. Eso significa que la visión que tenemos de la realidad es cada vez más fragmentaria; que cada vez nos cuesta más levantar la cabeza del montón de piezas para mirar con un poco de perspectiva. El puzzle se ha vuelto demasiado grande y, por si fuera poco, no trae una fotografía de referencia sobre la que construir. No sabemos bien hacia dónde vamos.

Trocitos nuevos de realidad. A cambio, lo que hacemos es concentrar toda nuestra atención en las piezas nuevas que van apareciendo en el juego. Las antiguas -aunque solo tengan una semana de existencia- parecen haber perdido interés para nosotros. Ya no llaman nuestra atención porque están obsoletas y desfasadas. Es como si hubiésemos inventado una nueva forma de jugar, en la que  lo único que importa son los trocitos nuevos de realidad.

Todo esto puede sonar un poco abstracto, pero podemos tomar como referencia tres ejemplos muy claros de cómo partir la realidad en pedazos:

Uno. Perspectiva en

Utilizando , ahora es posible ver en super alta definición las obras maestras del Museo del Prado.

Las imágenes de estas obras tienen cerca de 14.000 millones de píxeles, un nivel de detalle 1.400 veces mayor que el que obtendríamos con una cámara digital de 10 megapíxeles.

Si seleccionamos El jardín de las Delicias, quizá la obra más conocida de El Bosco, podremos visualizar en nuestro monitor hasta la última pincelada del artista; no sólo los numerosos grupos y detalles de la composición, también las pequeñas grietas, y las marcas dejadas en el barniz por el paso del tiempo. Es algo así como examinar el cuadro con lupa.

El hecho de que todo el mundo pueda admirar esta obra desde su casa es una buena noticia. Pero ¿es esta visión sin contexto -desde casa y con lupa- la más relevante? ¿No corremos el riesgo de convertir la obra de arte en una especie de “curiosidad” sin perspectiva? ¿En una experiencia anecdótica?

Desde luego, estamos hablando de una nueva forma de mirar -de entender- el mundo: una perspectiva muy diferente a la que El Bosco tenía en mente cuando pintó el Jardín de las delicias; una perspectiva muy diferente, también, de la que seguramente impulsó a los creadores del del Prado: antes era “todas las obras en un sitio”; ahora parece ser: “todas las partes [píxeles] de una obra en todos lo sitios”.

Dos. al minuto

Hace no tanto tiempo, las aparecían al día siguiente. Si el martes ocurría algo, podías enterarte el miércoles leyendo el periódico. Es verdad que la radio era bastante más ágil, y que luego llegaron las ediciones digitales, actualizadas cada poco tiempo. Pero alguien -algún periodista o un corresponsal- tenía que acercarse hasta la zona de los hechos. Y eso llevaba -sigue llevando- su tiempo.

Los últimos sucesos han demostrado que el hambre de actualidad -el hambre de piezas nuevas en el puzzle- es insaciable: a través de , utilizando el móvil o el ordenador, los testigos de los hechos han mantenido informados, minuto a minuto, al resto de la humanidad. Ha ocurrido con el atentado de Bombay, con el aterrizaje forzoso de un avión en el río Hudson, o con la explosión de una bomba en la sede de la radiotelevisión pública vasca en Bilbao. La inmediatez parece un reto ya superado.

Ahora nos enfrentamos a un problema que nunca desapareció, pero que ha cobrado relevancia conforme se ha multiplicado el número de “emisores”: el rigor. ¿Qué fiabilidad podemos conceder a alguien que dice que está allí y cuenta algo que dice que ha visto o vivido?

Tres. La investidura de Obama, hecha pedazos

La toma de posesión de Barack Obama, el actual presidente estadounidense, ha sido seguida en todo el mundo, y ha quedado reflejada en miles de medios de comunicación. Todo el mundo habla de la importancia de su discurso; de las consecuencias que puede tener en el orden mundial. Dejando de lado el alcance real que esta declaración de intenciones puede tener, ¿cuánta gente se ha tomado la molestia de escuchar o leer el discurso completo? Demasiado tiempo. Demasiado esfuerzo. Demasiado aburrido para un mundo frenético, lleno de estímulos cortos e intensos.

El discurso que, según algunos, cambiará el mundo tal y como lo conocemos, puede transformarse en una simple nube de palabras, o en un panal formado por 400 portadas informativas. Lo hemos hecho pedazos pequeños para poder digerirlo sin cansarnos. ¿Sabremos recomponerlo después? Seguramente ya nos habremos aburrido, y estaremos atentos a las nuevas piezas que acaban de salir en el puzzle.

En resumen: Hoy podemos descomponer la realidad en píxeles, en etiquetas, en frases actualizadas cada minuto. La pregunta que surge es la siguiente: ¿es posible mantener una perspectiva global en un mundo cada vez más fragmentado? Lo único seguro es que estamos descubriendo una nueva forma de ver/entender el mundo.